Prólogo

Hace mucho que se me ocurrió la idea para este corto. Fue en octubre de 2004 (esto no lo recordaba, pero a las ideas, como a las personas, a veces es posible rastrearlas hasta encontrar su partida de nacimiento). Una noche en el paseo marítimo de Tarifa, sentado en un bordillo charlando con una amiga. Me acuerdo que hacía frío y viento, y no había nadie en la calle. Charlábamos de cosas serias (o eso creíamos). Recuerdo la sensación que me despertaba ver el faro, insensible al viento y el frío, insensible a la oscuridad de la noche, insensible a nosotros que lo mirábamos; sólo ocupado en emitir su mensaje: luz, silencio corto, luz, silencio corto, luz, silencio largo.

Mirar al faro era como mirar a alguien a quien se le encomendó una misión importantísima y de quien luego se olvidaron. Porque en mitad del Estrecho, perdidos en el oleaje, yo no me imaginaba a los marineros buscando la luz del faro, sino más bien mirando las pantallas de sus radares para saber por dónde quedan las rocas afiladas. Y sin embargo ahí sigue el faro, encendiéndose y apagándose, sin fallar nunca; comunicando, a quien quiera saberlo, su presencia.

La idea para el corto no me vino como tal; aquella noche tan sólo deduje que, o bien el faro debía estar tristísimo, o bien tenía un motivo que yo desconocía para seguir su cadencia sin rebelarse contra los que lo habían programado.

Durante los siguientes años, y sin darme cuenta, supongo que mi mente siguió dándole vueltas a la idea; pues al cabo de un tiempo me di cuenta de que tenía una historia sobre al faro. La dejé por escrito, y luego estuve mucho tiempo sin acordarme de ella. Sólo me acordaba en los momentos de vacío entre corto y corto, cuando buscaba con ansia una nueva historia a la que dedicarme.

Después del Sueño del Relojero vino el Vagón Errante, y después empecé a trabajar en la historia de una chica que hacía un largo viaje en bicicleta... empecé incluso a modelar algunos personajes y decorados, pero era una idea demasiado difícil y compleja. Y una noche en mi apartamento-cúpula, en noviembre de 2011, decidí de pronto dejar de lado esta idea y contar la historia del faro. Sin más. Fue una decisión que no me costó tomar: al día siguiente empecé a trabajar en este corto. Y desde ese día hasta hoy, no he parado ni un solo momento. Y aunque he recorrido ya un largo camino, todavía me queda mucho por recorrer.

Cuando se tarda tanto tiempo en hacer un corto, imagino que se crea una relación con éste diferente que cuando todo está más condensado en el tiempo (digo que me imagino, porque nunca he hecho nada diferente a como lo hago). El corto está presente en mi día a día, sí; pero no tengo un horario de trabajo, ni un plan de rodaje, ni unos plazos que cumplir, ni ningún compromiso que mantener. Supongo que no es la manera más óptima de trabajar, pero no tengo mucha elección. De esta manera, llevandolo siempre dentro de mi, es como el corto acaba influyendo, y siendo influido, por todo lo que me rodea. El corto cambia cada día, así como yo.

Si has llegado tan lejos, quizás te preguntes si dedicarme tanto a esta historia me ha ayudado a resolver el enigma de los faros. Aún no. Pero he llegado a varias conclusiones. Primero, que todos somos, de una manera u otra, faros. La comunicación humana está muy evolucionada; las maneras de expresarnos - desde escribir mensajes de móvil hasta hacer cortos -, también. Pero, a fin de cuentas, una persona comunicándose no es muy diferente a una luz en el horizonte. Titilando, casi suplicando, casi sin más contenido en su mensaje que su ubicación y su propia presencia.

Y aún más: no sólo somos faros sino que, además, necesitamos ver la luz de otros faros en el horizonte. Quizás no nos comuniquen mucho más que su ubicación y su presencia; pero ayudan a no perdernos.

Gracias de antemano a los que me ayudeis, en el camino que aún me queda por delante, a no perderme en este Manual de Faros...